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Chapter 12 of 28

206 InterpretaciA�n de Alegorias

20 min read · Chapter 12 of 28

CAPÍTULO VI INTERPRETACION DE ALEGORIAS

La alegoría generalmente se define como una metá­fora extendida. Tiene con la parábola la misma relación que ésta con el símil. En la parábola, o bien se introduce alguna comparación formal, como "El reino de los cielos", o bien las imágenes se presentan en forma tal corno para conservarlas distintas de la cosa representada y requerir una explicación, como en el caso de la parábola del sem­brador (Matthew 13:3 y las siguientes). La alegoría contiene dentro de sí misma su interpretación y la cosa significada está identificada con la imagen, como en Juan 15:1, "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador"; y en Matthew 5:13 : "Vosotros sois la sal de la tierra". La alegoría es un uso figurado y la aplicación de algún supuesto hecho o historia. La parábola emplea palabras en su sentido literal y su narración nunca traspasa los límites de lo que podría ser un hecho real. La alegoría continuamente emplea pa­labras en sentido metafórico y su narración, por muy su­positiva que sea, es, manifiestamente, ficticia. De aquí su nombre, -del griego allos, "otro" y agoreno, "hablar" o "proclamar"; esto es, decir otra cosa de la que se expresa o, por así decirlo, que se expresa otro sentido que el con­tenido en las palabras empleadas. Es un discurso en el cual el asunto principal está representado por algún otro asunto con el cual tiene semejanza.

Habiendo establecido la parábola y la alegoría y demostrado que la alegoría es, en esencia, una metáfora ex­tendida, no necesitamos reglas separadas y especiales para la interpretación de las porciones alegóricas de las Escritu­ras. Los mismos principios generales que se aplican a la interpretación de metáforas y parábolas se aplican tam­bién a las alegorías. El grave error de que hay que guar­darse es el esfuerzo por hallar minuciosas analogías y sig­nificados ocultos en todos los detalles de las imágenes. De aquí que, como en el caso de las parábolas, debemos, ante todo, determinar el pensamiento principal envuelto en la figura y luego interpretar los puntos menores con cons­tante referencia a dicho punto.

El contexto, la ocasión, las circunstancias, la aplica­ción y frecuentemente la explicación acompañante, son, en cada caso, tales que dejan poca duda respecto a la ten­dencia de cualquiera de las alegorías de la Biblia.

La alegoría de la vejez (Ecles. 12:3-7) bajo la figura de una casa próxima a caer en ruinas, ha sido diversa­mente interpretada, pero la gran mayoría de expositores antiguos y modernos, han entendido el pasaje como una descripción alegórica de la vejez, y podemos asegurar que esta opinión es favorecida y aun exigida por el contexto inmediato y por las imágenes mismas, pero perdemos mu­cho de su verdadero significado y fuerza al entenderla como de la vejez en general. No es una semblanza real de la pacífica, serena y honorable vejez tan elogiada en el Antiguo Testamento. No es el cuadro que el verso 31 del cap. 16 del libro de Proverbios nos presenta, diciendo: "Corona de honra es la vejez, que se hallará en el camino de justicia", ni es, tampoco, el descrito en el Salmo 92:12-14, donde se declara que el justo florecerá como la palma y crecerá como los cedros del Líbano, "aun en la vejez fructificarán, estarán vigorosos y verdes". (Compar. también Isaías Matthew:30-31) . Nos queda, pues, con Tayler Lewis, entender que "el cuadro que aquí se nos da, representa la vejez del sensualista. Esto también se nota por la conexión. Son "los malos días", "días de oscuridad", que han sobre­venido al joven que fue prevenido en el lenguaje que apa­rece más arriba, lenguaje tanto más impresionante a cau­sa de su tono de predicción lleno de ironía. Es la triste vejez del joven que guiso andar "en los caminos de su co­razón y en la vista de sus ojos" y no quitó "el enojo de su corazón ni apartó de su carne el mal", y ahora todo esto le ha sobrevenido sin aquellas mitigaciones que frecuentemente acompañan al declinamiento de la vida".

Pasando ahora a las figuras empleadas, es necesario ejercer la mayor precaución porque algunas de las alusio­nes parecen enteramente enigmáticas. El solo mencionar las diversas interpretaciones que se han dado a las diferentes partes de esta alegoría requeriría muchas páginas, pero los intérpretes más juiciosos y cuidadosos convienen en que "los guardas de la casa" (vs. 5) son los brazos y las manos, que sirven para protección y defensa pero en la edad de­crépita se ponen débiles y temblorosos. Los "hombres fuer­tes" son las piernas, las cuales, cuando pierden su vigor muscular, se doblan y tuercen al soportar su pesada carga. "Las muelas" (el original hebreo dice doncellas moledo­ras, aludiendo al hecho de que el moler a mano era trabajo de mujeres) son los dientes que, en la vejez, son pocos y funcionan mal. "Los que miran por las ventanas", son los ojos, que, con los años, pierden su poder. En lo que sigue a esto las interpretaciones ya son mucho más variadas y su­tiles. "Las puertas de afuera" (v. 6) generalmente se expli­can como la boca, cuyos dos labios se conciben como una puerta doble o de dos hojas, pero parecería mejor conside­rar esta puerta doble como las dos orejas, que se cierran a los sonidos externos. Así lo explica Hengstenberg, a quien sigue Tayler Lewis, quien observa: "El viejo sensua­lista, que había vivido tanto tiempo afuera y tan poco en casa, al fin queda encerrado. No habría propiedad en cali­ficar a la boca de puerta de calle, por medio de la cual sale el dueño de casa... Es más bien la puerta al interior, la del sótano, la que lleva hacia la provisión almacenada o con­sumida, el estómago". "La voz de la muela", muchos la explican como el ruido de los dientes al masticar, pero esto sería volver a la que ya ha sido suficientemente notado en el ver. 3. Mejor es entender este sonido del molino como equivalente a "los sonidos domésticos más familiares", co­rno era realmente el sonido del molino. El pensamiento, entonces, se conecta naturalmente con lo que antecede y con lo qe sigue; las orejas están tan cerradas, el oído se ha puesto tan pesado que los sonidos más familiares (en casa de un hebreo, el molino funcionaba casi todo el día) apenas se oyen.

"Y levantaráse a la voz del ave", es decir, según lo explica la mayoría de los críticos modernos, "la voz de la muela" sube hasta el tono del grito agudo de una ave y, sin embargo, los órganos auditivos de este viejo están tan atro­fiados que apenas lo oye. Otros explican esta última cláu­sula como refiriéndose a insomnio del viejo: "Levantaráse a la voz del ave". Vertido así, no necesitamos, como mu­chos, entenderlo de levantarse o despertarse de madruga­da (en cuyo caso se habría usado otro término hebreo para expresar la idea) sino de sentir desasosiego. Aunque tardo de oído, sin embargo, a veces se sorprenderá o se asustará y saltará en el lecho al oír la voz aguda de una ave. Por "las hijas de canción" puede entenderse las can­toras (cap. 2, v. 8) que en un tiempo le divertían pero cu­yas canciones ya no pueden encantarle y, por consiguiente, quedan humilladas. Pero quizá sea mejor entenderlo acerca de la voz misma, los varios tonos de la cual se hacen bajos y débiles.

Pasando al versículo 7 notamos la naturaleza peculiar de la alegoría entretejiendo su interpretación con sus imá­genes. Se abandona por el momento la figura de una casa y leemos: "También temerán de lo alto y los tropezones en el camino; y florecerá el almendro y se agravará la langosta y perderáse el apetito; porque el hombre va a la casa de su siglo y los endechadores andarán en derredor por la plaza". Es decir, mirando desde un sitio elevado, el viejo vacilante, se marea y tiene miedo; los terrores pare­cen acompañar todos sus pasos (compar. Proverbs 22:13; Proverbs 26:13); la almendra ya no halaga su paladar, antes le disgus­ta; y la langosta, que en un tiempo quizá fue para él un manjar delicioso (Leviticus 11:2; Matthew 3:4.; Marc. 1:6), se vuelve gravosa a su estómago, causándole náuseas, sin que los estimulantes le ayuden más.

En el versículo 8 nuevamente hallamos otras figuras que tienen una asociación natural con la mansión seño­rial. Se representa el final de la vida como una remoción o una división de la cadena de plata y una rotura del cuenco de oro. La idea es la de una lámpara de oro suspendida por medio de una cadena de plata en el vestíbulo del palacio y, repentinamente, el cuenco de la lámpara se hace peda­zos, a causa de la rotura de la cadena. El cántaro en la fuente y la rueda en la cisterna son metáforas similares referentes a la abundante maquinaria para sacar agua que existiría en conexión con el palacio de cualquier potenta­do. Estos ceden, finalmente, y todo el moblaje y maqui­naria de la vida se desmorona. El viejo cuerpo, en un tiem­po tan dado a la gula, cae completamente arruinado, en vista de lo cual el Predicador repite su clamor de "¡Vani­dad de vanidades!"

En la interpretación de una alegoría tan rica en su­gestiones como la que acabamos de ver, los grandes prin­cipios hermenéuticos a que hay qué adherirse cuidadosa­mente son, primeramente, apoderarse de la gran idea central de todo el pasaje y, en segundo lugar, huir de la ten­tación de buscar múltiples significados en las figuras es­peciales. Una búsqueda minuciosa de significados especia­les en cada alusión de la alegoría, fatiga la mente y la abruma dé tal modo con las ilustraciones especiales que la pone en peligro de perder enteramente de vista el gran pensamiento central, que es lo que debe preocuparle.

El tan disputado pasaje Deuteronomy 1:1-46ª Cor. 3:10-15 es una ale­goría. En el contexto precedente Pablo se representa a sí mismo y a Apolos como los ministros mediante los cuales los corintios habían creído. "Yo planté, Apolos regó pero Dios ha dado el crecimiento" (v. 6). Muestra su aprecio del honor y responsabilidad de tal ministerio diciendo (v. 9): "Porque nosotros (apóstoles y ministros como Pablo y Apolos) coadjutores somos de Dios" y entonces añade: "Labranza de Dios (georgion, en alusión a, y en armonía con, el plantar y el regar de que se habla más arriba) sois, edificio de Dios sois". Luego, abandonando la primera fi­gura y tomando la de un edificio (oikodomé) prosigue: "Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo, como perito arquitecto, puse el fundamento; y otro edifica encima: empero cada uno vea cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si alguno edificare so­bre este fundamento, oro, plata, piedras preciosas, made­ra, heno, hojarasca; la obra de cada uno será manifestada porque el día la declarará; porque por el fuego será manifestada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego hará la prueba. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedi­ficó, recibirá recompensa. Si la obra de algunos fuere que­mada, será perdida; él, empero, será salvo, más así como por fuego".

La mayor dificultad para la explicación de este pasa­je ha consistido en determinar qué se quiere decir por "oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca" en el versículo 12.

Sobre el fundamento de Jesucristo, los ministros, co­mo colaboradores con Dios, están ocupados en erigir la ca­sa de Dios, pero cuide cada uno cómo edifica. Sobre ese fundamento puede erigirse un edificio de sustancia sana y duradera como si fuera construido con oro, plata y pie­dras preciosas (como, p. e., costosos mármoles); la clase de cristianos así "justamente edificados, para morada de Dios en Espíritu" (Efes. 2:22) constituirá una estructura noble y duradera y su obra resistirá la prueba ardiente del día final. Pero sobre esa misma base, un obrero descuidado e infiel puede edificar con material no sano; puede tolerar, cuando no alentar, celos, disensiones (v. 3) y orgullo (4:18) ; puede conservar en la iglesia fornicarios no arre­pentidos (5:1-2) ; puede consentir pleitos entre los her­manos (6:1) y permitir que gente ebria se acerque a la Cena del Señor (11: 21), -todos estos, lo mismo que he­rejes en doctrina, (15:12) pueden tomarse y emplearse como materiales para edificar la casa de Dios. A1 escribir a los corintios el apóstol tenía en su mente todas estas cla­ses de personas y veía que se estaban incorporando a aque­lla iglesia plantada por él. Pero añade: El Día del Juicio de Dios sacará todo a luz y pondrá a prueba la obra de cada hombre. La revelación del fuego descubrirá qué clase de obra ha estado haciendo cada uno y el que ha edificado sabia y sanamente, obtendrá gloriosa recompensa, pero el que ha introducido o procurado conservar, la madera, el heno o la hojarasca en la Iglesia-, el que no ha censura­do los celos ni combatido las contiendas ni excomulgado a los fornicarios ni administrado fielmente la disciplina de la Iglesia-,verá consumirse la obra de su vida y él mismo apenas escapará con vida, como quien se salva a duras pe­nas de un incendio. Toda su obra habrá sido en vano, aun­que pretendió edificar para Cristo y, en realidad, ministró en su santuario. No debe olvidarse un solo instante que esta alegoría tiene por objeto servir más bien de advertencia y que no debe entenderse como una profecía. Como la parábola de los jornaleros en la viña (Matthew 19:27 a 20:16) está diri­gida contra el espíritu mercenario manifestado por Pedro y sirve así como aviso y censura, más bien que de profecía de lo que realmente acontecerá en el Juicio; de la misma manera, en este caso, Pablo previene a los que son colabo­radores con Dios,, que tengan cuidado de la manera cómo edifican, no sea que a sí mismos y a otros envuelvan en una ruina irreparable.

En esta forma buscamos la verdadera solución de es­ta alegoría, distinguiendo cuidadosamente entre los mate­riales puestos en el edificio y la obra de los edificadores y, al mismo tiempo, notamos la mezcla esencial de las dos co­sas. El edificador sabio enseñará, guiará y disciplinará la iglesia a su cargo de tal manera que se aseguren resultados excelentes y permanentes. El obrero necio trabajará con material malo sin cuidarse del Juicio que ha de poner a prueba la obra de todos. A1 edificar así, sea sabia o sea neciamente, las personas introducidas a la iglesia y la labor ministerial, mediante la cual son instruidos y disciplina­dos, tienen una relación muy íntima; de aquí la verdad esencial en ambas exposiciones de la alegoría que tan ampliamente se han sostenido.

La vívida alegoría de la armadura y del conflicto cristiano en Efesios 6:11-17, suministra su propia inter­pretación y se hace especialmente notable en las explica­ciones particulares de las diversas partes de la armadura. Se apropia la figura empleada en Isaías 59:17 (Comp. también Romans 13:12; Romans 1:1-32 Tesal. 5: 8) y la elabora con gran acopio de detalles. Aquí, como en Isaías, se representa a la justicia como una cota, pero en 1 Tesal. 5:8 se describe en esa forma a la fe y el amor. Aquí el yelmo es salvación, -un conocimiento presente de la salvación en Cristo como una posesión actual-, pero en 1Tesa. 5:8, es la esperanza de salvación. Cada alusión debe estudiarse es­meradamente, a la luz de su propio contexto sin comparar­las demasiado, ya que una misma figura puede usarse en distintas ocasiones con propósitos diferentes.

La compleja alegoría de la puerta de las ovejas y del buen pastor en Juan 10:1-16 es, en lo esencial, sencilla, y se interpreta por sí sola, pero como envuelve la doble comparación de Cristo como la puerta y como el buen pastor y tiene otras alusiones de diverso carácter, su inter­pretación exige cuidado especial para evitar que las prin­cipales figuras se hagan confusas y los puntos secundarios demasiado prominentes. El pasaje debe dividirse en dos partes y debe notarse que los primeros cinco versículos son una pura alegoría, sin contener explicación en sí misma. En el versículo 6 se observa que la alegoría (paroi­mia) no fue entendida por aquellos a quienes se dirigió en vista de lo cual, Jesús procedió (vs. 7-16) no sólo a expli­carla sino también a extenderla, añadiéndola otras imá­genes. Hace resaltar el hecho de que él mismo es "la puer­ta de las ovejas", pero añade más adelante que es el buen pastor, pronto a dar su vida por las ovejas, a distinción del asalariado que abandona el rebaño y huye en la hora de peligro.

La alegoría tiene relación vital con la historia del ciego arrojado de la sinagoga por los fariseos pero graciosa­mente recibido por Jesús. Sin tener esto constantemente en vista no podremos apreciar claramente la ocasión y el objeto de todo el pasaje. Jesús, primeramente, se coloca a sí mismo en contraste, como la puerta de las ovejas, con aquellos que desempeñaban, más bien, la parte de ladrones y despojadores del rebaño. Luego, como los fariseos no le entendieron, en parte explica su significado y pasa a po­nerse en contraste, como el buen pastor, con los que no tienen verdadero cuidado del rebaño que se les encomien­da, sino que, al ver al lobo que viene, lo abandonan y hu­yen. En el verso 17, abandona la figura y habla de su disposición para dar su vida y de su poder para recupe­rarla. Asf, todo el pasaje debe estudiarse a la luz de aque­lla oposición farisaica a Cristo, que se demostró egoísta 7 pronta a recurrir a la violencia cuando se le hacia frente. Estos judías farisaicos que pretendían guardar las puertas de la sinagoga y habían resuelto expulsar de ella a quien confesara a Jesús como el Cristo (Cap. 9:22) no eran me­jores que ladrones y despojadores del rebaño de Dios. Contra ellos se dirigió la alegoría.

Manteniendo a la vista esta ocasión y objeto de la ale­goría, el próximo paso es inquirir el significado de sus principales alusiones. "El corral de las ovejas." es la Igle­sia del pueblo de Dios, representada aquí por sus ovejas. Cristo mismo es la puerta, como él lo afirma enfáticamente (vs. 7-9) y todo verdadero pastor, maestro y guía del pue­blo de Dios debe reconocerlo a él como el único camino y medio de ingreso al corral. Tanto el pastor como las ovejas deber; entrar por tal puerta. "El que entra por la puerta, pastor de las ovejas es" (v. 2, sin artículo antes de "pas­tor", más de acuerdo al original), no un ladrón, un despo­jador ni un extraño (v. 5) . Es bien conocido de todos los que algo tienen que ver con estas cosas *y su voz es familiar a las ovejas, en tanto que la del extraño las alarma y ahu­yenta. Tales, realmente, fueron las acciones y palabras de aquellos oficiales judíos para con el hombre que había re­cibido la vista. El percibió en sus palabras y maneras lo que era extraño a la verdad de Dios (9:30-33).

Hasta aquí todo parece claro, pero no debemos creer­nos en terreno muy seguro al buscar significados especia­les en algunas de las palabras incidentales.

El lenguaje del Señor al definir su alegoría y exten­der sus imágenes (vs. 7-16) es, en algunos puntos, enig­mático. No quiso hacer las cosas demasiado claras para los que, como los fariseos, pretendían ver y saber mucho (comp. cap. 9:39-41) y emplea las palabras fuertes que parecen ser adrede obscuras: "Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y robadores" (v. 8). Incitaría la in­vestigación y el interés en cuanto a lo que pudiera signi­ficar el venir antes de él, un proceder tan malo que lo compara con el robo de un, ladrón y la rapacidad de un salteador. Es muy natural entender el venir antes de mí, en el v. 8, como correspondiente con el subir por otra par­te, del v. 1, y significando penetrar en el corral por alguna parte que no es la puerta, pero está dirigido, evidente­mente, a los que, como estos fariseos, por su acción y su actitud, tenían la pretensión de ser señores de la teocracia y usaban de violencia y de engaño para realizar su deseo. Por eso parecería cosa muy apropiada el dar a las palabras antes de mí (pro emon, v. 8) un significado general algo amplio y no comprimirlas, como hacen muchos, en la idea única de precedencia en el tiempo. La preposición pro se usa a menudo acerca de lugares, como delante de las puertas; delante de la entrada; delante de la ciudad (Acts 5:23; Acts 12:6-14; Acts 14:13) y puede aquí combinarse con la referencia temporal de eldon, "vinieron", la otra idea de situación frente a la puerta. Estos fariseos vinieron como maestros y guías del pueblo y con una conducta tal como la de arrojar al que había nacido ciego se colocaron frente a la verdadera puerta, -delante de ella-,cerrando el reino de los cielos a los hombres, no entrando ellos a él ni permitiendo que otros entraran por esa puerta (comp. Matthew 23:13) . Todo esto puede haber querido decir el Señor con su enigmático antes de mí vinieron. Vinieron como si el Mesías hubiese venido; no quedó sitio para él. No es menester que limitemos nuestros pensamientos a los que eran falsos Mesías en el sentido más estricto de la expre­sión, puesto que la mayoría de éstos no apareció hasta des­pués de nuestro Señor. Todo jerarca anterior a Cristo era pseudo-mesiánico en la proporción en que era anticris­tiano; y el codiciar dominio sobre la conciencia de los hombres es cosa pseudo-cristiana. Nótese, además, que los ladrones y robadores que trepan la pared aparecen en este versículo con la asunción de un poder superior. Ya no apa­recen en su desnudo egoísmo; tienen pretensiones a im­portancia positiva y eso no meramente como pastores sino como la puerta misma. Así los jerarcas acababan de pre­tender ejercer dominio sobre el hombre nacido ciego.

    El proceso de alegorización mediante el cual, San Pa­blo, en Gál. 4.:21-31, hace a Agar y Sara ilustrar dos pactos es un ejemplo neo-testamentario excepcional de des­arrollar un significado místico de hechos de la historia del Antiguo Testamento. En otro lugar (Romans 7:16) San Pa­blo ilustra la liberación de la Ley de que goza el cristiano, y la unión con Cristo, por medio de la ley del matrimonio, según la cual la mujer, muerto el marido, está libre de (Katergetai) la ley que la ataba a él solo y está en libertad para unirse con otro hombre. En 2 Corinthians 3:13-16, contrasta la abierta confianza (parresia) de la predicación del Evangelio con el velo con que Moisés, adrede, se cubría el rostro para ocultar por el momento el carácter transitorio de la ministración del Antiguo Testamento, la que, enton­ces, parecía tan gloriosa pero, no obstante, estaba desti­nada a desaparecer al igual que el reflejo de la gloria de Dios que cubría el rostro del caudillo. También en el mismo pasaje hace del velo un símbolo de la incapacidad del corazón de Israel para recibir al Señor Jesucristo. El pasaje del Mar Rojo, y la roca en el Desierto, de la que manó el agua, están reconocidos como tipos de cosas espiri­tuales (1 Corinthians 10:1-4 comp. 1 Pedro 3:21) . Pero todas es­tas ilustraciones del Antiguo Testamento difieren esen­cialmente de la alegoría de los dos pactos. El apóstol mismo, por la manera y estilo en que lo introduce, siente evidentemente, que su argumento es excepcional y pecu­liar, y estando dirigido especialmente a aquellos que se jactaban de su adhesión a la Ley, tiene la naturaleza de un argumentum ad hominem. Dice Meyer: "A la termi­nación de la parte teórica de su Epístola Pablo añade una disquisición antinomiana sumamente singular, -un eru­dito argumento rabínico-alegórico derivado de la Ley mis­ma-, calculada para aniquilar la influencia de los pseudo apóstoles con sus propias armas y para desarraigarlos de la propia base en qué se apoyaban".

Observamos que el apóstol, ante todo, establece los he­chos históricos tales como se hallan en el libro del Génesis, a saber, que Abraham tuvo dos hijos, uno de la sierva y otro de la libre; el hijo de la sierva nació trata saska, según la carne, es decir, de acuerdo con el curso de la na­turaleza, pero el hijo de la libre nació por la promesa y, como la Biblia lo demuestra, (Gén. 17:19; 18:10-14) por interposición milagrosa. Además, introduce la tradición rabínica fundada en Gén. 21:9 de que Ismael persiguió (edioke, v. 29) a Isaac, quizá teniendo en mente, también, algunas agresiones subsecuentes de los ismaelitas contra Israel; y luego añade las palabras de Sara, tales como se hallan en Gén. 21:10, adaptándolas algo libremente a su propósito. Todo esto pone de manifiesto que Pablo recono­ce la verdad histórico-gramatical de la narración del An­tiguo Testamento, pero, dice él, todos estos hechos histó­ricos son susceptibles de ser alegorizados: atiná estin alle­goroúmena. cuales cosas son alegóricas, o, como bien lo expresa Ellicott. "Todas las cuales cosas, contempladas en su luz más general, son alegóricas". Procede a alegorizar los hechos a que se ha referido haciendo a las dos mujeres representar los dos pactos, el sinaítico (judío) y el cristia­no, y mostrando en detalle de qué manera una cosa res­ponde a, o se clasifica con (sustoiche) la otra y también en qué se oponen los dos pactos.

Que San Pablo en este pasaje trata algunos hechos históricos del A. Testamento como susceptibles de usarse alegóricamente, es un hecho indiscutible, y es difícil du­dar de que estuviese familiarizado con los métodos alegó­ricos de exponer las Escrituras que eran corrientes en su época.

Tampoco parece haber razón suficiente para negar que su propia educación rabínica tuviese alguna influen­cia sobre él y prestase sus tintes a sus métodos de argu­mentación e ilustración. Además, es evidente que su em­pleo alegórico de Agar y Sara, usa un método excepcio­nal y raro de tratar con sus opositores judíos y, en cuanto el pasaje tenga de argumento es, esencialmente, un argu­mentum ad hominen (es decir, que deriva su fuerza de la posición ocupada por la persona a quien se dirige). Pero no es, meramente, un argumento de esa clase tal que no tuviera valor o fuerza para con otra clase de personas. Se supone que tiene un interés y valor que ilustran cier­tas relaciones de la Ley y el Evangelio. Pero su posición, conexión y empleo en esta epístola a los Gálatas es suficien­te garantía para tales métodos alegóricos en general. Sch­moller observa: "Seguramente Pablo alegoriza aquí, pues­to que él mismo lo dice. Pero el mismo hecho que él diga esto hace desaparecer la gravedad de la dificultad herme­néutica. Su intento, entonces, es dar una alegoría, no una exposición; no procede como exegeta y no intenta decir (a la manera de los exegetas alegorizantes) que sólo lo que ahora dice es el verdadero sentido de la narración". En esto especialmente consiste la gran diferencia entre el ejemplo de Pablo y el de casi todos los alegoristas. Con­cede y supone la veracidad histórica de la narración del A. Testamento pero hace un uso alegórico de ella con un objeto especial y excepcional.

De aquí que podamos decir, en general, que como San Pablo reconoce que ciertos otros caracteres y aconteci­mientos del A. Testamento tienen un significado típico (véase Romans 9:14; V Cor. 10: 5 ), así concede análogo sig­nificado a los puntos especificados en la historia de Agar y de Sara, pero él jamás, ni por un instante, pierde de vista la base histórica o permite que su alegoría la substi­tuya. Y de la misma manera general puede sernos permi­tido a nosotros alegorizar porciones de las Escrituras, siempre que los hechos sean susceptibles de significado tí­pico y nunca se les desconozca ni substituya por el pro­ceso alegórico. Puede ser lícito usar en esa forma caracteres y acontecimientos bíblicos con objetos homiléticos y propósitos de "instruir en justicia", pero es menester reco­nocer explícitamente, según el ejemplo de Pablo, el ca­rácter especial y excepcional -de ese trato de las Escritu­ras. La posición solitaria del caso del apóstol es suficiente advertencia de que tales exposiciones sólo deben emplear­se con la mayor circunspección.

Contra la interpretación alegórica de los Cantares po­demos alegar tres consideraciones. Primera: el notable desacuerdo de sus defensores y la constante tendencia de sus exposiciones de llegar a extremos irracionales. Estos hechos apoyan la inferencia de que existe algún error fatal en ese método de procedimiento. Segunda: Por regla general, los alegoristas niegan que el cantar tenga una base literal. Las personas y objetos descritos son meras fi­guras del Señor y de su pueblo y de las múltiples relacio­nes existentes entre ellos. Esta posición arroja toda la ex­posición al dominio de la fantasía y explica cómo, de he­cho, cada intérprete es ley para si mismo. No teniendo base en la realidad, la interpretación puramente alegó­rica no ha podido fijar ningún punto de vista histórico ni adoptar ningunos principios comunes. Tercera: El Can­tar no contiene insinuación alguna de ser una alegoría. Ciertamente que no contiene, como las otras alegorías de las Escrituras, su exposición dentro de sí mismo. En esto, como lo hemos mostrado más arriba, la alegoría di­fiere de la parábola, y para ser consecuentes en alegori­zar el Cantar de los Cantares debiéramos, o bien adoptar el método de Pablo con la historia de Sara y Hagar y, admitiendo una base histórica literal, decir: todo esto puede alegorizarse; o si no, debiéramos llamar al Cantar una parábola y, como en el caso de la del hijo pródigo afirmar que sus imágenes son fieles a la naturaleza y a la realidad y capaces de explicación literal pero que es más del caso presentarla como la relación mística que existe entre Dios y su pueblo.

El Cantar es el fruto de una imaginación exuberante tocada con la característica voluptuosa de la mente Orien­tal. Allí el amor es ardiente y apasionado, por más puro que sea. Abunda en coloridos e imágenes que parecen ex­travagantes a las ideas más frías de la gente de Occidente, pero, tomado en conjunto puede, con propiedad, presen­tar en tipo, la perfección y belleza de "una iglesia glo­riosa", sin mancha ni arruga ni cosa semejante" (EL 5:27).

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