03 Algunas Excusas
Capítulo 3
Algunas Excusas Algunos dicen que la inerrancia no es importante, no es necesaria para la fe o es inaplicable. Y por lo tanto, todo el furor que se ha levantado sobre el tema es meramente una tempestad en una tetera, y que los que insisten en ella solamente están estorbando la paz de la iglesia.
Pero, simplemente no es así. La inerrancia es un tema decisivo, porque si la Biblia no está completamente sin error, entonces tendría a lo menos un error. Ahora, si todos pudiéramos ponernos de acuerdo donde está este único error, tal vez el problema sería, de algún modo, tolerado. Pero, si la literatura de hoy es una pauta, habría como veinte candidatos para ese “error”, y eso quiere decir que existirían veinte errores. Y si hubieran veinte errores, la pregunta es: ¿cómo puedo confiar en la Biblia? La inerrancia no es una tempestad en una tetera.
Comúnmente se ofrecen varias excusas que concluyen que la inerrancia es una doctrina no esencial.
Los que se oponen o quieren debilitar la importancia de la inerrancia dicen: “Dado que la Biblia no enseña claramente la inerrancia, nosotros tampoco podemos”. Cuando menos, este concepto pone a los que insisten en la importancia de la inerrancia en una posición de insistir en más de lo que la Biblia insiste. Cuando más, implica y mantiene que la inerrancia no es una doctrina bíblica.
Sin embargo, para que la declaración sea veraz se requiere (a) demostrar que la Biblia no enseña claramente la inerrancia, y (b) que si no lo hace, en el sentido de proveer textos de prueba, no podemos asegurar la inerrancia basada en un estudio inductivo de la prueba. Examinemos estos requisitos.
¿Enseña la Biblia claramente la inerrancia? La respuesta depende en lo que quiere decir
“claramente”. Si “claramente” significa textos de prueba tales como están en la Biblia para la expiación substitutiva por ejemplo (Matthew 20:28), entonces, concedidamente no hay tal tipo de “clara” evidencia de la inerrancia. Pero muchas doctrinas, para las cuales no hay textos de prueba, son aceptadas por los evangélicos como si fueran enseñadas claramente en las Escrituras.
La doctrina de la Trinidad suple el mejor ejemplo. Es justo decir que la Biblia no enseña claramente la doctrina de la Trinidad, si por claramente uno quiere decir que hay textos de prueba acerca de la doctrina. No hay ni un texto de prueba, si por texto de prueba queremos decir un versículo o pasaje que declara “claramente” que hay un Dios quien existe en tres personas.
¿Cómo, entonces, llegamos a la doctrina de la Trinidad? Simplemente por aceptar dos líneas de evidencia en la Biblia: (1) declaraciones claras que enseñan que hay solo un Dios; y (2) declaraciones igualmente claras que había alguien que se llamaba Jesús y alguien designado el Espíritu Santo, quienes, además de Dios el Padre alegaron ser Dios. Tal evidencia permite solamente una de dos conclusiones; sea que Jesús y el Espíritu Santo no son divinos, o que Dios es trino y uno. Los cristianos ortodoxos nunca se han desviado de la segunda conclusión, aunque la evidencia para ella es de un tipo de claridad diferente de lo que proveen los textos de prueba.
O, tomando otro ejemplo, muchos niegan que Jesús es Dios porque, dicen ellos, no hay “clara” evidencia de que él se identificó como un ser divino. Robert Alley, en aquel entonces de la Universidad de Richmond, promovió desórdenes entre los Bautistas del Sur, cuando él mantuvo que Jesús “en realidad, nunca pretendía ser Dios ni aun relacionado con él” (“Some Theologians Question Factual Truth of Gospels”: Richmond News Leader, 17 de julio Deuteronomy 1978, p. 1). Aunque
él tenía la misma evidencia bíblica que tenían los que creen que Jesús pretendía ser Dios, él llegó a una conclusión completamente diferente. Para él los “textos de prueba” usados comúnmente por los evangélicos no enseñaron con claridad la deidad de Cristo. Tal herejía afrenta a los creyentes ortodoxos, y con razón.
Aunque no he discutido todavía la prueba por la clara enseñanza de la Biblia en cuanto a su propia inerrancia, por el momento asumiremos que la enseña claramente, aunque no necesariamente por medio de textos de prueba. Si es así, ¿están los errantistas pidiendo de la Biblia una medida de claridad más alta para proveer la inerrancia que lo que requieren para probar la deidad de Cristo o la Trinidad? En otras palabras, ¿no tienen ellos un criterio para probar claramente la doctrina de la Trinidad y otro para la inerrancia?
Las ilustraciones mencionadas arriba comprueban la falacia de concluir de que si algo no está
“probado por textos” en la Biblia, no se pueden enseñar los resultados de un estudio inductivo ni llegar a conclusiones lógicas de las pruebas que existen. Si así fuera, yo nunca podría enseñar las doctrinas de la Trinidad, la deidad de Cristo, la deidad del Espíritu Santo, o aun las formas de gobierno en la iglesia.
Muchas veces oigo a personas decir: “Solamente creeré lo que la Biblia enseña.” Puede ser buena pauta ya que no deseamos agregar nada a lo que la Biblia enseña. Ni tampoco queremos omitir algo que enseña, sea enseñado claramente por textos de pruebas, clara conclusión, clara inducción, clara implicación, clara lógica o claros principios. Sin embargo, no querer ir más allá de lo que la Biblia enseña puede ser meramente una excusa para no enfrentar las implicaciones de lo que sí enseña. Y temo que para algunos esta ha sido la razón para no querer enfrentar lo que la Biblia dice acerca de su propia inerrancia.
Una segunda excusa por subestimar la importancia de la inerrancia es que no poseemos los manuscritos originales de la Biblia y siendo que la inerrancia está relacionada solamente a los originales, la doctrina de la inerrancia es solamente teórica y por ende no es importante. Es verdad que no poseemos ni uno de los manuscritos originales de la Biblia, y la doctrina de la inerrancia, como la de la inspiración, está basada solamente en ellos, no en ninguna de las copias.
Las dos aserciones en la declaración anterior son correctas, pero esas aserciones particulares no comprueban de ninguna manera que la inerrancia sea una doctrina sin importancia.
Obviamente, sólo se puede afirmar la inerrancia en relación a los manuscritos originales, porque ellos son el record original de lo que vino directamente de Dios bajo la inspiración. Por ejemplo, la primera copia de una carta de Pablo fue, en realidad solamente una copia y no el original que Pablo mismo escribió o dictó. Ambas, la inspiración y la inerrancia, están basadas solamente en los originales. Pero, ¿diría un errantista que la inspiración no es una doctrina esencial, por no contar con los originales, y no atribuir la inspiración a las copias? Creo que no. Entonces, ¿por qué lo dice acerca de la inerrancia?
Otra excusa es que la inerrancia es una nueva enseñanza y que la iglesia antes no se preocupaba por ella; y por lo tanto, no necesitamos preocuparnos hoy en día.
Desde el punto de vista de la historia eclesiástica, el argumento parece levantar la cabeza casi cada vez que se discute cualquier doctrina. Si se enseñaba cierta doctrina en tiempos antiguos, supuestamente esta era más confiable. Pero, por otro lado, si no se había enseñado hasta tiempos más recientes, entonces resultaba ser más sospechosa.
Por supuesto, este argumento es nulo. La veracidad o la falsedad de alguna doctrina no depende de si fue o no enseñada en la historia eclesiástica. Su veracidad depende solamente si está o no está en la Biblia. Ahora, por supuesto, una enseñanza tan nueva que jamás se ha oído puede ser sospechosa, pero la Biblia, no la historia eclesiástica, es la regla por la cual toda enseñanza tiene que ser medida.
Sin embargo, la excusa histórica persiste en que la doctrina de la inerrancia es recién, y por esto, dicen, debe cesar el debate.
Algunos dicen que la inerrancia se originó con B. B. Warfield in Princeton en los últimos años Deuteronomy 1800. Otros dicen que Frances Turretin, un teólogo luterano, la introdujo después de la
Reforma.
En realidad, ni uno ni el otro la hizo. Creemos que Cristo enseñó la inerrancia como lo hizo también el apóstol Pablo. Además, Agustín, Aquino, los reformadores, y otros grandes hombres creyeron en ella durante toda la historia eclesiástica. Por supuesto, tal prueba de la historia no hace válida la doctrina (las enseñanzas de Cristo y de Pablo sí lo hacen, y lo examinaremos más adelante), pero hace inválido el reclamo que dice que la inerrancia es de reciente invención.
Por ejemplo, Agustín (d. C. 354-430) afirma claramente:
Consecuencias muy desastrosas seguirán si creemos que algo falso se halla en los libros sagrados: es decir que los hombres por quienes hemos recibido las Escrituras y que las escribieron pusieron algo falso en esos libros. Si aún, una vez, usted admite en tal alto santuario de autoridad una declaración falsa, no se quedará ni una sola frase de estos libros, los cuales, si contienen algo difícil de poner en práctica o difícil de creer, por la misma regla fatal pueden descontarse como declaración en la que el autor dice intencionalmente lo que no es verdad. (Epístola, p. 28).
Aquí, en términos antiguos está la misma teoría del dominó mencionada al principio.
Otra vez, Tomás Aquino (1224-1274) dijo claramente: “Nada falso puede sostener el sentido literal de la Escrituras”. (Summa Teológica 1.1,10, ad. 3). También, Lutero declaró: “He aprendido a atribuir este honor, es decir, la infalibilidad, solamente a los libros que se llaman canónicos, de modo que yo con confianza creo que ni uno de sus autores hizo error” (M. Rey, Luther and the Scriptures, p. 24). Otra vez, “Las Escrituras nunca erraron” (Works of Luther,
XV; 1481). Juan Wesley, fundador de los Metodistas, escribió: “Más aun, si existe algún error en la Biblia bien podrían ser mil. Si hay una falsedad en aquel libro, no vino del Dios de la verdad”
(Journal VI; 117).
¿Cómo puede alguno decir, entonces, que la inerrancia es de reciente invención?
Y aunque así fuera, todavía sería una doctrina veraz.
Solamente la Biblia, no la historia, nos lo puede decir.
