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Chapter 18 of 28

212 La Profecia y su InterpretaciA�n

17 min read · Chapter 18 of 28

CAPÍTULO XII LA PROFECIA Y SU INTERPRETACION

Una interpretación acabada de las porciones proféti­cas de las Escrituras Santas depende grandemente del dominio de los principios y leyes del lenguaje figurado y del de tipos y símbolos. También requiere algún conoci­miento de la naturaleza de las visiones, éxtasis y ensueños. De modo que los capítulos precedentes han sido una pre­paración necesaria para un estudio inteligente de aquellos escritos de más difícil comprensión que siempre han causado dificultades a las mentes más talentosas de la Iglesia, siendo interpretados en una variedad de- formas. A través de toda la Biblia y constituyendo un lazo de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento se hallan desparramados oráculos inspirados que predicen el futuro, elaborados con toda variedad de lenguaje figurado y, a menudo, incorporados en tipos y símbolos. La primera magna profecía se pronunció en el edén, -al pecar el hombre originalmente y sentir la necesidad de un Reden­tor. Se la repitió en muchas formas y lugares al través de los años y siglos. El Cristo de Dios, el Profeta poderoso, Sacerdote y Rey, era su tenia sublime pero también tra­taba tan copiosamente de todas las relaciones del hombre para con Dios y el mundo, con los temores y esperanzas humanos, con gobiernos civiles y responsabilidades na­cionales, con leyes y propósitos divinos, que sus páginas constituyen un libro de texto divino para todos los tiempos.

De acuerdo con las Escrituras, el profetizar no signifi­ca, primariamente, una predicción de acontecimientos futuros. La palabra hebrea nebi significa uno que habla bajo la presión del fervor divino; y debe considerarse al profeta, especialmente, como portador de un mensaje divino y que obra como porta-voz del Topoderoso. Aarón fue designado divinamente como porta-voz de Moisés para repetir las palabras de Dios que recibiera de boca de su hermano (Éxodo 4.:16) y en ese particular Moisés venía a ser como Dios para el faraón y Aarón ser­vía a Moisés de profeta (nebi Exodus 7:1) . De modo que el profeta es el anunciador de un mensaje divino y su men­saje puede referirse al pasado, al presente o al futuro. Puede ser una revelación, una amonestación, una censu­ra, una exhortación, una promesa o una predicción. Al portador de semejante mensaje muy apropiadamente se le llama "varón de Dios" (1 Rey. 13:1; 2 Rey. 4:7-9) y "varón de espíritu" (Oseas 9: 7) . También es importante observar que una porción muy grande de los libros proféticos del A. Testamento consisten de amonestación, recon­vención y censura, y existen indicaciones de muchas profecías no-escritas, de este carácter. Dice Fairbairn: "Los profetas en un sentido especial, eran guardianes espirituales de Judá e Israel, los representantes de la ver­dad y santidad divinas, cuyo ministerio consistía en mantener un ojo vigilante y celoso sobre las maneras de los tiempos, descubrir y combatir los síntomas de defec­ción que surgieran y, por todo medio a su alcance, alentar y robustecer el espíritu de la verdadera piedad. Elías destacóse en esto en forma tan notable que por ese motivo se le toma en la Biblia como el tipo de toda la orden profé­tica en los estados primitivos de su desarrollo; fue hombre de heroica energía de acción más bien que rico en ideas o elevado en su palabra. Las palabras que habló fueron pocas pero eran palabras que parecían surgir de las caver­nas del trueno y que más parecían decretos procedentes de la presencia del Eterno que expresiones de un hombre sujeto a pasiones semejantes a las de aquellos a quienes se dirigía".

Son principalmente aquellas porciones de las Escritu­ras proféticas que predicen el futuro las que exigen una hermenéutica especial. Excepcional como es su carácter exigen estudio e interpretación especial. Otras profecías consistentes, principalmente, en reprensiones, reproches o amonestaciones son tan comprensibles aun al lector or­dinario, que no requieren extensa explicación. Evitando, por una parte, el error literalista extremo de que las pre­dicciones bíblicas son "historia escrita. de antemano" y, por la otra, las ideas racionalistas de que no son más que adivinanzas felices de los resultados probables de aconte­cimientos inminentes o, si no, una representación peculiar, de los acontecimientos, escrita después que se habían rea­lizado (vaticinium post eventum),. aceptamos estas pre­dicciones como oráculos divinos de acontecimientos que debían realizarse, pero de tal manera expresados en figu­ra y símbolo que exigen gran cuidado de parte de quien quiera entenderlos e interpretarlos. Si negamos que la profecía sea una historia de acontecimientos aún no reali­zados, queremos decir que la profecía no es historia, en ningún sentido apropiado. Historia es el relato de lo que ya ha ocurrido; la predicción es un pronóstico de lo que ha de ocurrir y que cosí siempre se halla en forma de de­claración o revelación que la aparta de la línea de la narración literal. Realmente hay casos en que la predic­ción es una declaración específica de incidentes del carác­ter más simple, --como cuando Samuel predijo a Saúl los acontecimientos particulares que le ocurrirían en el regreso a su casa (1 Samuel 10:3-6) ; pero es erróneo el lla­mar aun a esas predicciones una historia de sucesos futuros porque es confundir el uso correcto de las palabras. Existe un elemento de misterio en todas las profecías y las de ma­yor importancia se hallan revestidas de vestiduras simbólicas.

Para interpretar correctamente las profecías deben estudiarse especialmente tres cosas (1) las relaciones or­gánicas y la interdependencia de las principales predic­ciones registradas; (2) el uso y significado de figuras y símbolos; y (3) análisis y comparación de profecías simi­lares, especialmente aquéllas que han sido interpretadas divinamente y otras que es evidente que se han cumplido.

1. Relaciones orgánicas de la profecía

A1 estudiar la estructura general v las relaciones or­gánicas de las grandes profecías se verá que, primeramen­te, se nos ofrece en forma de bosquejo amplio y atrevido y después se extiende a detalles de menor importancia. Así, p. ej. la gran profecía registrarla en Gén. 3:15 es un anuncio breve pero de grandes alcances del largo conflicto entre el bien y el mal, en cuanto estos principios adver­sos, con todas sus fuerzas, se conectan con la Simiente Prometida de la mujer, por una parte, y la antigua ser­piente, el Diablo, por la otra. Puede decirse que todas las otras profecías del Cristo y del reino de Dios se hallan comprendidas en el proto-evangelio como en un germen. Desde este punto en adelante, al través de las revelacio­nes de las Escrituras, las profecías sucesivas sostienen un carácter progresivo. Ideas diversas acerca de la Simien­te Prometida aparecen en la profecía de Noé (Gén. 9: 16-17) y las repetidas promesas a Abraham (Gén. 12: 3­17 ; 2: 8; 18:18) . Estas predicciones mesiánicas se hicie­ron más definidas al ser repetidamente confirmadas a Isaac, a Jacob, a Judá y a la casa de David. Ellas cons­tituyen los más nobles de los salmos y las más extensas porciones de los Profetas Mayores y de los Menores. To­madas separadamente estas diferentes predicciones son de un carácter fragmentario; cada profeta conoció, o pudo co­ger, vislumbres del futuro mesiánico, únicamente en par­te, y en parte profetizó (1 Corinthians 13:9) ; pero cuando el Cristo mismo apareció y cumplió las profecías, entonces se vio que todas estas partes fragmentarias formaban una armonía gloriosa.

El oráculo de Balaam acerca de Moab, Edom, Ama­lec, los cines, Assur y la potencia del lado de Cittim (Nú­meros 24:17-24) es el germen profético de muchos orácu­los posteriores contra estos y otros enemigos del pueblo escogido. Largo tiempo después Amos toma la palabra profética y habla más plenamente contra Damasco, Gaza, Tiro, Edom, Ammon y Moab y no exceptúa ni aun a Judá e Israel (Amos I y II). Compárense también las cargas-profecías de Isaías contra Babilonia, Moab, Dama­sco, Etiopía, Egipto, Media, Edom, Arabia y Tiro (Isaías XIII-XXIII) en las que observamos la sentencia conmina­toria pronunciada, en gran detalle, contra estas poten­cias. Y de la manera que Balam notó la aflicción de Eber (es decir, Israel) en relación con el poder hostil de Cit­tim (Núm. 24:24), así Isaías introduce la "carga del va­lle de la visión" ( Isaías 22:1) exactamente antes de anun­ciar la destrucción de Tiro ( Isaías 23:1) . Jeremías consagra los capítulos XLVI a LI al anuncio de juicios sobre Egipto, Filistia, Moab, Ammon, Edom, Damasco, Cedar, Hasor, Elam y Babilonia, y en medio de estas declara­ciones de ira venidera hay indicaciones de la dispersión y angustia de Israel (comp. cap. 50:17-20, 33; 51:5, 6, 45) . Compárense también los siete oráculos de Ezequiel contra Ammon, Moab, Edom, Filistia, Tiro, Sidón y Egip­to (Ez. XXV a XXXII).

En notable analogía con la reptición de profecías si­milares por diferentes profetas tenemos la repetición de la misma profecía por un mismo profeta.

La visión de las cuatro grandes bestias, en Dan. VII, es, esencialmente, una repetición de la visión de la gran imagen en el cap. II. Las mismas cuatro grandes poten­cias mundiales se denotan en estas profecías; pero como se lo ha observado frecuentemente, se varían las imá­genes de acuerdo con la posición relativa del rey y del profeta. "Tal como se lo presentó a la vista de Nabucodo­nosor, la potencia mundial se veía sólo en su aspecto exter­no, bajo la forma de una imagen colosal con semejanza de hombre y con sus partes más conspicuas compuestas de metales brillantes y preciosos; en tanto que el reino divino aparecía con el aspecto inferior de una piedra sin ornato ni belleza, sin nada, realmente, para distinguirlo, excepto su irresistible energía y perpetua duración. Por otra parte, las visiones de Daniel dirigen el ojo al interior de las cosas, despojan de sus falsas glorias los reinos te­rrenos exhibiéndolos bajo el aspecto de fieras de mons­truos innominados (como se les ve en todas partes en las grotescas esculturas y entablamentos pintados de Ba­bilonia) y reservan la forma humana, de acuerdo con su verdadera idea original y divina, para ocupar el puesto representante del reino de Dios, compuesto por los santos del Altísimo, y mantiene la verdad que está destinada a prevalecer sobre todo el error e impiedad de los hombres".

Así también la impresionante visión del carnero y el macho cabrío, en Dan. VIII, no es más que una repeti­ción, desde otro punto de vista (Susan, en Elam, un asien­to principal de la monarquía medo-persa) de la visión anterior de la tercera y cuarta bestias; surgen diferen­cias en los detalles según la analogía de todas las tales profecías, repetidas pero no debe permitirse que estas dife­rencias menores obscurezcan o borren las grandes analo­gías fundamentales. Pocos expositores de alguna impor­tancia han dudado de que el cuernito de que se habla en Daniel 8:9, denota á Antioco Epifanio, el cruel persegui­dor de los judíos, quien "despojó el templo y por tres años y seis meses suspendió la práctica constante de ofrecer un sacrificio diario de expiación" (Josefo). La presunción primera y más natural es la de que el cuer­nito del cap. 7:8 denota al mismo perseguidor violento e impío. El hecho de que una profecía represente la im­piedad y violencia de este enemigo más plenamente que otra no demuestra que se trate de dos personas distintas. De otra manera, la descripción aún más completa que de este monstruo de iniquidad se nos da en el cap. XI, debería, sobre esa sola base, referirse a otra persona. Las declaraciones de que el cuernito del cap. 7:8 surgió de entre los diez cuernos y arrancó tres de ellos y que el del cap. 8:9 surgió de uno de los cuatro cuernos del ma­cho cabrío, no pueden tener fuerza para confutar la identidad del cuernito en ambos pasajes, a menos. que se suponga que los cuatro cuernos del cap. 8:8 sean idénticos con los diez del cap. 7: 7, -suposición que nadie se permi­tirá. Estas no son más que las variantes menores, requeridas por las diversas posiciones ocupadas por el profeta en las distintas visiones. Si entendemos los diez cuernos del cap. 7:7 como un número redondo, denotando los reyes más plenamente descritos en el capítulo XI, y los cuatro cuernos notables del capítulo 8:8 como los cuatro notables sucesores .de Alejandro, saltará a la vista la armonía de las dos visiones. Desde un punto de vista el gran cuerno (Ale­jandro) fué sucedido por diez cuernos y también por uno pequeñito, más notable, en algunos respectos, que cual­quiera de los diez. Desde otro punto de vista se vió al cuer­no grande seguido por cuatro cuernos notables (los famo­sos Diadochoi), del tronco de uno de los cuales (Seleucus) surgió Antioco Epifanio. Sólo la falla en notar la repeti­ción de profecías bajo varias formas y desde diversos puntos de vista ocasiona la dificultad que algunos han hallado en identificar profecías de los mismos aconteci­mientos.

De acuerdo con el principio que acabamos de ilustrar, a la profecía aún más minuciosa del último período del Imperio greco-macedonio en Dan. XI, se la ve recorrer mucho del mismo campo que las de los capítulos VII y VIII. De la misma manera debiéramos naturalmente pre­sumir que hay la intención de que las siete copas de las siete últimas plagas en Apoc. cap. XVI, correspondan con las siete trompetas de los capítulos VII-XI. Las notables semejanzas que existen entre las dos son tales que fuer­zan la convicción de que los terribles ayes denotados por las trompetas son, substancialmente, idénticos, con las plagas denotadas por las copas de ira. Una opinión con­traria haría del caso una excepción notable a la analogía de profecías y no debe aceptársele sin las razones más convincentes.

2. Estilo figurado y simbólico de la profecía

El hecho ya observado de que la palabra de la profe­cía fue recibida mediante visiones y ensueños, así como en un estado de éxtasis, explica en gran parte el otro hecho de que una parte tan grande de las Escrituras pro­féticas se halle en lenguaje figurado y en símbolos. Con demasiada frecuencia se pasa por alto este hecho en la interpretación profética y así se ha originado la doctrina extraviada de que "la profecía es historia escrita de an­temano". Aceptando esta idea uno está inclinado a pre­sionar el sentido literal de todos los pasajes que por cual­quier posibilidad puedan admitir tal construcción; y de ahí las innumerables controversias y extravagancias que se notan en la interpretación de las profecías. Pero obsér­vese por un instante el estilo y dicción de las grandes predicciones. La primera que se haya registrado anuncia una enemistad permanente entre la serpiente y la mujer y su progenie. Dios dijo a la serpiente, hablando de la progenie de la mujer: "Esta te herirá en la cabeza y tú le herirás el talón" (Gén. 3:15) . No han faltado litera­listas que apliquen la profecía a la enemistad existente entre las serpientes y la raza rumana y que declaren que ella se cumple cada vez que uno de ellas muerde a un hombre o que uno de éstos aplasta la cabeza de una serpiente. Pero semejante interpretación nunca ha tenido aceptación. Su significado más profundo con respecto a los hijos de la luz y a los de las tinieblas, y sus respec­tivas cabezas (el Mesías y Satanás) ha sido universal­mente reconocido por los mejores intérpretes.

De igual manera notamos qué. la profecía de Jacob moribundo (Gén. XLIX) está escrita en el estilo más elevado del fervor poético y del lenguaje figurado. Todos los acontecimientos de la vida del patriarca y la plenitud historiada del futuro conmovieron su alma y llenaron de emoción sus palabras. Los oráculos de Balaam y los cánti­cos de Moisés son del mismo orden elevado. Los salmos mesiánicas abundan en símiles y metáforas, tomados de cielos, tierra y mar. Los libros proféticos están, en gran parte, escritos en las formas y el espíritu de la poesía he­brea y en la predicción de acontecimientos notables el len­guaje frecuentemente se eleva a formas de expresión que para el crítico occidental pueden parecer extravagancias hiperbólicas. Tómese, por ej. la "carga de Babilonia" que Isaías vio y nótese la excesiva emoción así como lo atre­vido de las figuras (Isaías 13:2-13) . Nunca ha habido dudas entre los mejores intérpretes acerca de que este pa­saje se refiera a la derrota de Babilonia por los medas. El encabezamiento del capítulo y las declaraciones específi­cas que siguen (vs. 17, 19), no dejan duda al respecto. Y, sin embargo, según el profeta es hecho por Jehová que congrega sus ejércitos de poderosos héroes desde los con­fines de los cielos, ocasiona un ruido tumultuoso de reinos de naciones, llena los corazones con temblor, desespera­ción y dolores de agonía, sacude el cielo y la tierra y bo­rra el sol, la luna y las estrellas. A este terrible juicio de Babilonia se llama "el día de Jehová", "el día del ardor de su cólera". Situado al frente de los oráculos de Isaías contra los poderes mundiales del paganismo, es un pasa­je clásico en su género y su estilo e imágenes serían, na­turalmente, seguidos por otros profetas al anunciar jui­cios similares.

Tales pasajes emocionales y figurados son comunes a todos los escritores proféticos pero en los llamados pro­fetas apocalípticos notamos una prominencia especial del simbolismo. En su forma más primitiva y aún no des­arrollada, llama primeramente nuestra atención en el libro de Joel, que puede calificarse como el más antiguo Apocalipsis, pero su desarrollo más completo aparece entre los últimos profetas, Daniel, Ezequiel y Zacarías y su estructura perfeccionada, en el Apocalipsis de Juan. Por consiguiente, en la exposición de esta clase de profecías es de la mayor importancia el aplicar con criterio y peri­cia los principios hermenéuticos del simbolismo bíblico. Este procedimiento requiere, especialmente, -tres cosas: (1) Que seamos capaces de discernir y determinar clara­mente lo que son símbolos y lo que no lo son; (2) que los símbolos sean contemplados en sus aspectos amplios y notables, más bien que en sus puntos incidentales de se­mejanza; y (3) que se les compare ampliamente en cuan­to a su significado y tratamiento de modo que en su in­terpretación se siga un método uniforme y consecuente. La falla en observar la primera de estas reglas conducirá a interminables confusiones de lo simbólico con lo literal. Una falla en la segunda regla tenderá a magnificar minu­cias y puntos sin importancia obscureciendo de esa mane­ra las lecciones mayores y, a menudo, mal entendiendo el objeto y significado del conjunto. No pocos intérpretes han dado gran énfasis a los diez dedos de los pies de la imagen de Nabucodonosor (Daniel 2:41-42) y han tratado de hallar diez reyes que correspondan a ellos; mientras que, sin que nada pruebe lo contrario, la imagen puede haber tenido doce dedos en los pies, como el gigante de Gath (2 Samuel 21:20). El cuidado en la observancia de la regla tercera nos habilitará para notar las diferencias lo mismo que las semejanzas de símbolos similares y nos salvará del error de suponer que el mismo símbolo, al ser empleado por dos escritores distintos, tiene que denotar el mismo poder o acontecimiento, o la misma persona...

3. Análisis y comparación de profecías similares No solamente diversos profetas emplean las mismas figuras y símbolos, u otros muy semejantes, sino que, también, muchas profecías enteras son tan semejantes en su forma general y significado como para exigir del intérprete una comparación minuciosa. Sólo así podrá distinguir cosas que son parecidas y cosas que difieren entre sí.

Primeramente, notamos numerosos ejemplos en que un profeta parece citar a otro. Isaías 2:14, es casi idén­tico con Miqueas 4:1-3, y ha sido un problema para los críticos el determinar si Isaías citó de Miqueas o vicever­sa, o si ambos citaron a algún profeta más. antiguo, hoy desconocido. La profecía de Jeremías contra Edom (49: 7-22) está, en gran parte, apropiada de Abdías. La epís­tola de Judas y el segundo capítulo de la Segunda epís­tola de Pedro suministran una analogía parecida. Una comparación de los oráculos contra las naciones paganas por Balaam, Amos, Isaías, Jeremías y Ezequiel, como ya lo hemos indicado, muestra muchos paralelos verbales. De todo lo cual parece ser que estos escritores sagrados se apropiaban formas de expresión, los unos de los otros, como quien las toma de un tesoro común. (Esto prueba que los profetas se consideraban mutuamente como órga­nos del Espíritu Santo.-Hentenberg). La palabra de Dios, una vez emitida por un hombre inspirado, se transforma­ba en propiedad del pueblo escogido, el cual la usaba según las circunstancias lo exigían.

La doble presentación de revelaciones proféticas, tanto de visiones como de ensueños, exige atención parti­cular. Primeramente se atrae nuestra atención a ellas en los ensueños de José y de Faraón, y como ya lo hemos visto, el doble ensueño era uno solo en su significado; su repetición bajo símbolos distintos era el método divino de intensificar la impresión e indicar lo indubitable de la realización del pronóstico (Gén. 4 1:32) . Un principio de interpretación profética tan explícitamente enunciado en los más antiguos registros de la Revelación Divina, mere­ce destacárselo. Sirve de clave a la explicación de muchos de los asuntos más difíciles involucrados en las Escrituras apocalípticas. Tendremos ocasión de ilustrar más plena­mente este principio al tratar de las visiones de Daniel y de Juan.

Además, es importante estudiar las analogías de imá­genes en las porciones apocalípticas de la profecía. La visión de Isaías, de los serafines ( Isaías 6:1-8 ), la de Eze­quiel, (I y X) y la de Juan, del trono en el cielo (Apoc. IV) tienen manifiestas relaciones entre sí que ningún intérprete puede menos que notar.

Sin embargo, el objeto y tendencia de cada uno sólo podemos aprenderlos al estudiarlos desde el punto de vis­ta de cada profeta individual. La visión de Daniel, de las cuatro bestias que salían del mar (Dan. VII) suministra las imágenes mediante las cuales Juan describe su bestia procedente del mar (Apoc. 13:1-2) y notamos que esta bestia del apóstol, un monstruo innominado, combina, también los otros principales aspectos (leopardo, oso, león) de las cuatro bestias del profeta. La segunda bestia de Juan, surgida de la tierra, con dos cuernos como de un cordero (Apoc. 13:11) combina mucho de las imágenes tanto del carnero como del macho cabrio de Daniel 8:1-12. La visión de Zacarías de las cuatro carrozas tiradas por caballos de varias pelos (6:14) forma la base del simbo­lismo de los cuatro primeros sellos (Apoc. 6:1-8) ; y el cuadro radiante que Juan nos ofrece de la Nueva Jeru­salén, los nuevos cielos y la nueva tierra (XXI, XXII) es, manifiestamente, un duplicado de los capítulos finales de Ezequiel. La diferencia más notable, quizá, es que Eze­quiel tiene una larga y minuciosa descripción del tem­plo y su servicio (XL-XLIV), mientras que en la visión de Juan no hay templo sino que más bien la ciudad misma se transforma toda en templo, aún más, en un "santo de los santos", lleno con la gloria de Dios y del Cordero (Apoc. 21: 3, 22, 23).

Las mencionadas analogías demuestran que no pue­de darse ninguna interpretación conveniente de ninguna de estas profecías similares sin hacer un buen análisis y cuidadosa comparación de todas. No hemos de suponer, sin embargo, que porque un profeta emplee las mismas imágenes que otro necesariamente debe estar refiriéndo­se al mismo asunto que él. Los dos olivos de Apoc. 11:4 no son, necesariamente, los mismos que los de Zac. 4:3-14. Las bestias del Apocalipsis de Juan no son, necesariamen­te, idénticas con las de Daniel. La visión de Juan, de nue­vos cielos y nueva tierra y la ciudad de oro, es, indudable­mente, una revelación más completa de Israel redimido que la correspondiente visión de Ezequiel. Pero una de estas visiones no puede explicarse plenamente sin la otra; y cada una debe ser sujeta a un análisis minucioso y estu­diado desde su propio punto de vista histórico.

Por estas consideraciones se verá también que mien­tras apreciamos debidamente las peculiaridades de la profecía, sin embargo, debemos emplear en su interpre­tación esencialmente los mismos grandes principios que en la interpretación de otros escritos antiguos. Primeramente hay que averiguar la posición histórica del profeta; luego el objeto y plan de su libro; después el trato e in­tento de sus palabras y símbolos y, finalmente, debe ha­cerse una comparación amplia y prolija de los pasajes paralelos.

Es además de primordial importancia que el intér­prete de las Santas Escrituras tenga presentes. las siguien­tes consideraciones:

1. La profecía del A. Testamento no es más que una parte de la revelación de Dios en ese Testamento y debe ser estudiada siempre a la luz de toda la dispensación he­brea. También debe darse constante énfasis al hecho de que la historia, la ley, el salmo, el proverbio y la profecía son otras tantas partes de una serie de comunicaciones di­vinas dadas en diversas épocas y constituyendo un con­junto orgánico. En la construcción de todo gran edificio los trozos parciales que se van formando, al verlos solos y a veces aislados de aquello a que luego deben reunirse, pueden parecer desagradables en su aspecto y ofensi­vas al buen gusto pero cuando se estudia su disposición a la luz del plan del edificio terminado se ve que son partes esenciales al sostén y elegancia del conjunto. De análoga manera hemos de considerar varias partes de los elementos compuestos de la revelación del A. Testamento.

2. La profecía trata, principalmente, de personas y sucesos de los tiempos en que originariamente, fue pro­nunciada. El profeta era un poder de Dios, un mensajero viviente a reyes, pueblos y naciones. Declaraba el mensaje de Dios para la época y por eso hallamos el lenguaje de la profecía del A. Testamento lleno de alusiones a acon­tecimientos contemporáneos. De aquí también la nece­sidad de conocimientos históricos extensos y exactos a fin de entender y explicar los escritos de los antiguos vi­dentes.

3. Los profetas hebreos también hablaron y escri­bieron profundamente conscientes de ser oráculos de Je­hová, " el Santo de Israel". Estaban impulsados por el Espíritu Divino y se elevaban sobre el temor al hombre. Y, sin embargo, nunca perdían la conciencia propia co­mo seres humanos; y las verdades divinas que se les co­municaban para que las transmitieran a los hombres to­maban forma de acuerdo con las cualidades mentales y psicológicas de cada profeta individual. De aquí que el intérprete deba notar las cualidades personales y el estilo característico de cada profeta, lo mismo que el conjunto orgánico de la literatura profética del A. Testamento.

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